viernes, 4 de noviembre de 2016

Cuando Molly se separó de la armera, corrió para encotrarse con Marg. Fue detenida a medio camino por la tutora Higgings, quien no dudó en arrimarla a la pared  y levantándole la batita le dio una buena docena de nalgadas. “Las niñas educadas no corren, caminan con garbo. Ud. no es un muchacho para que ande como cabra loca por alli!” Molly sintió como las mejillas de su trasero emezaban a arder, pero se consoló pensando en todo lo bueno que había pasado. Terminado el castigo, después de un jalón de orejas, la dejaron ir. Caminó lo más rápido posible y encontró a su Marg sentada en el banco a la entrada del ala donde estaba su dormitorio. La emoción la hizo correr nuevamente y se lanzó a abrazar a su sinodal. 

Esta como siempre la recibió con regaños, pero devolvió su abrazo. “señorita, por dios!, las niñas no corren, que vergüenza!”. Molly empezó a contarle a Marg todo, su confusión al principio, su emoción al final, el hecho de que había encontrado una tutora que la cuidaría en los años más difíciles de su vida, y lo principal, que era una mujer de la cual enamorarse y amar sería fácil. Hablaba a una velocidad y con una intensidad que obligó a Marg a pedirle que respire, que se calme. Fue entonces cuando pudo observar bien a su tutora y se dio cuenta que había llorado. Cuando se lo preguntó, Marg pareció indignarse, ¿llorar ella?, bah! Era el viento que le había irritado la vista, inmediatamente la tomó de la mano y la llevó a la habitación mientras le decía que que era eso de estar vestida así, medio desnuda en el dormitorio. 

Pero para Molly era innegable que su Marg había llorado, ¿por qué?, ¿se alegraba por ella? ¿o estaba triste porque ya no serian solo las dos?. No se atrevió a preguntar. Cuando la desvisitió preguntó indignada el porque de esas nalgas rojas, Molly haciendo pucheros le contó que había corrido y que la había pescado la tutora Higgins. Refunfuñando, Marg le dijo que debería castigarla ella también por eso, pero que lo dejaba pasar ya que le habían dado una buena. Mientras la vestía con el uniforme diario la oyó refunfuñar diciendo por lo bajo de la Higgins era una salvaje. 

Marg sospechaba que Molly iba a ser objeto de mucha atención por parte de las otras tutoras. Su “niña rara”, su “extrañita”, la “especial” como la llamaban con medias sonrisas las otras sinodales había cazado a la gran ballena blanca. Le tocaba el turno ahora a ella de sonreir a medias; aunque no lo diría ni lo daría a notar estaba reventando de orgullo, su Molly era pupila de nada menos la heredera del imperio de los revólveres y rifles. Ja!, tendrían que pasar muchos años, toda una generación para que alguien de un golpe semejante. Sentía también tristeza por que ahora pasaría menos tiempo con ella, pero así debía ser. Cuando terminó de vestirla al verla allí con su pelo alborotado, sus pecas y su sonrisa no pudo contenerse: la abrazó y la besó en la mejilla, con fuerza, mientras le decía: “Tú eres mi orgullo!”. Era la primera vez que la tuteaba, que la abrazaba así y que la besaba. A Molly se le llenaron los ojos de lágrimas, mientras le decía que la quería muchísimo y que nunca olvidaría todo lo que hizo por ella. Recuperándose de este momento emocional, Marg le limpió las lagrimas y le recordó que era hora de ir  a clases, mientras le sonreía ampliamente, lo que hizo que ella llorara más. Al salir, cuando se cruzaron con otras sinodales con sus pupilas, oyó la voz alta de Marg que le decía: “...y donde te vuelvo a pescar corriendo, te daré el doble de las nalgadas que te acabo de dar, asi llores como ahora.”  Molly estuvo a punto de reirse, pero se controló y respondió con un “si señora”.
Esa noche, después de acostar a Molly, Marg acudió a la oficina de la madre superiora. Tendría una reunión con la armera, reunión que ella había solicitado. La directora después de felicitarla por el
magnífico trabajo que había hecho con la niña, le comentó que la armera habia hecho una donación gigantesca, tan grande que la vida del Internado quedaba asegurada. Como todas las funcionarias del instituto, a Marg le habían llegado los rumores de la desesperada situación económica por la que atravesaba la institución, esto y las tremenda situación del país, las había llenado de inquietud. Si el internado cerraba ¿qué seria de ellas?. A Marg, que había encontrado su lugar en la vida, la posibilidad la llenaba de terror. Al oir la nueva buena, casi se echa a llorar. “Dos veces en un día, oh señor, me estoy volviendo vieja”.  La armera llegó en ese momento. 

La directora las hizo pasar al salón de reuniones, donde ambas se sentaron una a lado de la otra. Luego de las formalidades de rigor, la madre superiora se retiró. Marg empezó ha hablar casi de inmedidato: primero, le agradeció haber escogido a Molly y sumando, al hecho que se había enterado de la contribución enorme que habia hecho al Internado, le hacía provocar besarle los pies. Claro, cotinuó enseguida, no sería muy decoroso, pero le aseguró que en espíritu, se encontraba postrada ante ella. Luego, le dijo, deseaba que no la considerara un obstáculo en sus relaciones con Molly, sino una aliada. Su deber, le dijo, era de que Molly llenara todas sus espectativas, por lo que le rogaba le permitiera aconsejarla en ciertas cosas.

La armera parpadeaba asimilando la información. Que esta impresionante mujer la tratara de esa forma, demostraba que Molly le importaba. ¿eso era bueno o malo?. Finalmente se dijo a si misma que parecía sincera. Así que la cortó, preguntándole directamente a donde quería llegar. Marg agradeció que le permitiera ir al grano, así que le preguntó si alguna vez había castigado con nalgadas a alguien. La armera respondió con una negación de la cabeza.  Le preguntó que que pasaría si tenía que castigar a Molly a lo que ella respondió bajando la mirada durante un largo tiempo. Luego respondió:”no sabría hacerlo, nunca lo he hecho. ¿me enseñaría como?”. Satisfecha, cruzando las piernas le dijo que para eso es que estaba allí. No solo debía enseñarle eso, debía enseñarle a bañarla, masajearla, depilarla. Debería explicarle que debía comer y que no. Cuales eran los miedos de Molly, que disparaba sus taras. 

Le explicó que ella tambien debía someterse a ciertos arreglos cosmeticos, como la elminación en lo más posible del vello corporal. Todo esto tenía como finalidad que Molly y ella terminen haciendo el amor de tal forma que esto les proporcione felicidad y no conflictos. Le dijo que de allí en adelante lo ideal era que ella tomara las riendas de la vida de Molly lo más posible, pero de forma gradual e inteligente. La invitó el fin de semana a pasar el domingo con ellas, dentro de dos días. Ella le preguntó que porque no antes, “el Interando tiene reglas”, le respondió, “si se apega a ellas, verá que al final ud. ganará y lo más importante, ganará Molly”. Nuevamente ella bajó la vista, pensando su respueta. Unos minutos después dijo: “acepto”.

Asì que como convino con Marg, apareciò en el ala del dormitorio respectivo a las ocho de la mañana del domingo. Marg ya estaba esperàndola, con un pantalòn de franela gris y un suéter blanco flojo. Se habìa soltado el pelo y se la veìa extraodinariamente joven y vigorosa. La armero envidiò ese cuerpo maciso, donde no parecìa haber un gramo de grasa. Como siempre se habìa vestido con sus acostumbrados vestidos de falda larga, blusas cerradas y colores oscuros, tal como su madre se vestìa y le habìa enseñado a vestirse. Marg resoplò y le dijo:”suponìa que vendrìa vestida asì, asi que le separè esta ropa para que se la ponga.” y le entregò un juego de pantalòn de franela y un sueter como el que cargaba. Ella mirò la ropa, luego a Marg y agachò la cabeza. Marg se adelantò y tomàndola por la barbilla suavemente la obigò a mirarla:”ud y Molly seràn las beneficiadas, ¿ok?”. La mirò un rato y luego, tomando la ropa, asintiò.
Se acercaron a la puerta del dormitirio de Molly, entonces Marg la detuvo y le dijo:”Madam, hay 3 cosas que debe ud. entender antes de entrar, el primero, todo lo que pase allí adentro deber ser lento, extremadamente lento. Segundo, Molly es una cosa preciosa, por favor trátela como tal y por último, pero no menos importante, Ud. es una cosa preciosa, es una cosa preciosa, por favor, créalo para Molly ud. es una cosa preciosa. No se olvide de estas tres cosas, mientras este con nosotras es vital que lo recuerde, ¿si?”. Marg se que quedó esperando respuesta, parecía que había asimilado rápidamente el estilo de al armera. Esta la quedó viendo, agacho la mirada por unos segundos y respondió:”no lo olvidaré”,

Entraron al dormitiorio pues ninguna puerta de las alumnas tenía seguro y las sinodales podían entrar en el momento que lo deseen. Molly estaba acostado, con una pijama compuesta de pantalón y camisa de color rosa. En esa época del año la temperatura estaba inusualmente alta, así que la niña solo se había tapado con las cobijas la parte inferior de las piernas. Cuando sintió que alguien entraba al cuarto abrió los ojos y se iriguió rápidamente. A la armera le pareció un ángel, especialmente porque su pelo estaba desordenado de una manera que hacía que su caballera pareciera una melena leonina. Le recordó un grabado que había visto en una iglesia católica, los angeles llevaban cabelleras así. Molly se levantó, dijo “Buenos días” y realizó una venia, adelantándose para acercarse a su tutora, en ese instante se detuvo, alzó el brazo derecho hacien la seña de esperen y corrió al baño. Al rato se escuchó la operación típica de lavado bucal, lo que hizo que la armera mirara a Marg buscando una respuesta. Marg al miró y alzándose de hombros dijo: “detergente bucal en polvo”.

En l.932 menos del 20% de la población americana se aseaba los dientes con cepillo dental  y en otras partes del mundo esto era prácicamene desconocido. Se aseaba los dientes frotándolos con telas o pañuelos cuando la persona lo creía necesario, o sea cada tres o cuatro días. Se mantenía el aliento fresco masacando hojas de diverso tipo, desde té hasta tabaco o bebiendo zumos de limón o algún cítrico haciendo buchadas y con mucha pena, tendremos que contar que nuestra armera era de este tipo, así que el cepillado dental le era desconocido. Esperó hasta que Molly saliera, volviendo esta ha hacerle una venia y tímidamente se le acercara, entonces parándose en puntillas le dio un tímido roce en los labios, algo que parecía haber querido ser un beso. Molly sonrió y aleteó los brazos como un pingüino, mientras le salía una sonrisita tonta. La armera se dio cuenta que este era el saludo protocolario y por algún motivo desconocido, yendo contra todo lo que era y contra toda costumbre suya, se acercó a Molly y agarrándola de la cintura con un brazo con al mano libre le tomó el rostro alzándocelo y plantó un largo beso en aquella boca con sabor a menta. 

Para Molly aquel beso fue una total sorpresa y despertó tales sensaciones que sintió que se le humedecieron los ojos. Se sonrojó, pero diferente de lo que había sentido al sonrojarse en veces anteriores, emitía calor, sentía que algo se había encendido dentro de ella, algo que la hizo sentir de repente un calor casi sofocante. Cuando el beso terminó, después de unos lentos 8 segundos, tuvo que abrazarse a su dueña y apoyar su cabeza en el hombro de esta. La armera respiraba fuerte, con lenttitud, mantenía un brazo en la cintura de Molly y con la mano libre le acariciaba el pelo, sosteniéndola por la nuca. Se quedaron un buen rato allí hasta que poco a poco se fueron separando, hasta que otra vez se quedaron viendo. Entonces una risa espontanea surgió de ambas, al verse con als mejillas rojas y los ojos húmedos. La armera la volvió a apretar contra si, besándole esta ve la frente para luego apoyar su mejilla en la de ella sintiéndose feliz, feliz, tan feliz que por primera vez comprendió que no lo había sido en toda su vida.

Se quedaron un rato más abrazadas, disfrutando de la magia del momento, hasta que oyeron la voz de Marg que decía:”siento interrumpir, damas, pero tenemos cosas que hacer, ¿no es así?”. Las dos se separaron, sonriendose y sin dejar de mirarse. Entonces Marg empezó a explicar cual era la rutina del Internado, rutina que la armera como tutora de Molly debía comprometerse en respeta. La niña explicaba, debía bañarse todos lo días al levantarse y otra vez al acostarse. El baño debía ser con agua tibia, por lo que cualquier instalación o casa donde la niña resida debía poseer caldera. Le explicó que el domingo se ocupaba comúnmente en cuidar la salud corporal de la pupila. Le explicó a  la armera que la había invitado para que empezara a ejercer esos deberes, ya que esperaba que cuando la niña se fuera con ella el régimen continuara igual.
Así que empezaría por hacer que ella bañe a Molly siguiendo ciertas formas establecidas para que el baño sea lo más efectivo posible y tomara el menor tiempo. Los días en que había clase el baño debía durar unos diez minutos, un máximo de quince. Claro hoy era domingo, así que podían demorarse lo que ellas quisieran. Molly empezó a contar lo veloz que tenía que ser todo cuando se levantaba en días de clase y que si llegaba tarde la castigaban, que recordaba una vez que… “señorita”, la interrumpió Marg,”quedamos que me iba a dejarme explicarle las cosas tranquilamente a su dueña, ¿no?, así que por favor, calladita”. Molly asintió e hizo el geste de cocerse la boca, lo cual hizo sonreir a la armera que volvió a acariciarle el cabello. Marg continuó su explicación, recalcando que los métodos del colegio no eran improvisados, eran métodos que se habían probado y comprobado desde el inicios de la institución. Terminó diciendo que para que bañe a Molly, tendría que cambiarse la ropa que llevaba por lo que le había entregado. “Yo iré a preparar todo al baño, mientras señorita ud. ayudará a su tutora a cambiarse”.

Marg no le dio tiempo a la armera a replicar, se dirigió hacia el baño y pronto se oyeron los sonidos de alguien que está muy ocupado. Cuando vio hacia Molly, esta alargaba las manos para delicadamente empezar a desabotonarle el vestido. Se dejó hacer, mientras que su cerebro era un torbellino de ideas, que giraban tan rápido que sintió hasta que iba a marearse. “Me va a ver desnuda, nadie me ha visto desnuda”. Cuando contrataba a las pobres meretrices que le daban una limosna de place, solo permitía que le levantaran la falda y previamente ella no se había puesto los pesados interiores que comúnmente usaba. ¿Quién era la última persona que la había visto desnuda? Su madre seguramente, pero de eso hace décadas. Cuando sintió que Molly había abierto la espalda de su vestido y que delicadamente tiraba las hombreras para dejar su hombro desnudo, sintió pánico y estuvo a punto de resistirse. 

Pero en ese momento Molly abandonó su espalda para hacerlo de formá más cómoda por el frente y mientras lo hacía, le sonreía y en susurros le decía:”tiene una cicatriz en la espalda ¿cómo se la hizo?, debió dolerle muchísimo, yo tengo una en el brazo, pero es chiquita y me la hice con una espina del rosal en el jardín y me dolió muchísmo ¿ud. sangró mucho?, a mi me salió hartísima sangre y me asusté muchísimo, Marg fue la que me encontró y me llevó a la enfermería, entonces la enfermera MacMurphy me dijo...”, ese dulce parloteo tranquilizó a la armera, que se dejó hacer, mientras veía a ese milagro maniobrar para sacar su blusa mientras le contaba de enfermeras, desinfectantes que ardían y vendas apretadas. La vio, extasiada que algo así podía existir, coger un pequeño banco para subiéndose a él, poder sacarle por la cabeza la primera prenda interior, una camisa sin mangas de amplio cuello de seda blanca que llevaba por debajo de la blusa, luego venda con la que sostenía sus senos desapareció mientras que Molly daba vueltas alrededor de ella sin dejar de hablar. No estuvo muy segura de haberse dado cuenta de como, pero de repente estaba desnuda de la cintura para arriba frene a la belleza, que sin ningún pudor se quedó viendo sus senos y sin tapujos de ninguna especie sennteció:”Son bonitos, me gustan”.

La armera sonrió sonrojada, mientras movía la cabaza de un lado a otro y le decía:”eres un pequeño diablo, deja de verlos y paseme la camiseta de gimnasia” pero el comentario le había encantado. Sus senos no eran esas impresionantes ubres que ella veía en ciertas mujeres, pero tampoco eran pequeños, y eran firmes pues ella siempre había hecho actividad fisica. Con su padre, cazaba y ellos mismos descuartizaban la presa, la adobaban y cocinaban. Andaba a caballo desde los doce y desde que recibió su herencia, había viajado por medio país, llevando equipaje ella misma, caminando cuanto fuese necesario. Así que si bien no tenía el atlético cuerpo de Marg, consideraba que el suyo no estaba en ruinas tampoco.
Había pasado del pánico a considerar agradable un comentario íntimo sobre su cuerpo. “Nadie me ha dicho nunca nada semejante, este diablillo es la primera, pero, imagino que con ella habrán miles de primeras veces”. Molly la estaba ayundando a ponerse la camisa y luego hizo intento de desabotonarle la falda, entonces ella le tomó la mano y le dijo que no, que ella se quitaría eso sola, a lo cual Molly haciendo un puchero le respondió que no, que se suponía que ella tenía que servirla, para eso, le explicó, era su pupila. Así que para borrar esa cara triste, se dejó, mientras Molly le explicaba que uno de los deberes de la pupila era asistir a su dueña en la recámara, así como ella debía esperar a su dueña para que la vistiera, a menos que la dueña le ordenara vestirse sola, lo cual le recordaba que comúnmente…. Mientras Molly con su parloteo la arrullaba en estado de contemplación, nuevamente sintió como su larga falda cayó, seguida del forro o falda interior tan larga como la anterior para después la acompañara la enagua, prenda que el llega a las rodillas. Entonces, con horror, sintió que Molly le destaba los lazos que sosotenían sus calzones, gruesa prenda que le llegaba un poco más arriba de las rodillas. 

Nuevamente, intentó detener a Molly, pero esta levantándose le explicó que los pantalones de franela se usaban sin interior. La armera replicó que no, que ella los usaría con interior, a lo cual Molly haciendo el más espectacular de los puchero mientras ponía sus manos atrás y le lanzaba la mirada de cachorro abandonado mas trágica que había visto respondió:”¿no confía en mi?”. Fue demasiado para la armera, que aunque consciente que esa ninfa descarada estaba manipulándola, no tenia las fuerzas para resistirse. Así que se dejó desnudar, viendo como arrodillada Molly esperaba que alzara un pie y luego otro para eliminar la prenda, entonces, vio como con la sonrisa más pícara que ese bello rostro podía producir le daba más que un vistazo  a su vagina. Fue unos segundos, pero Molly pareció asentir satisfecha y levantádose rapidamente tomó para alcanzarle los pantalones de franela. La armera los tomó y le dijo:”ok, pequeño lucifer, yo puedo sola”, así que se los puso y de repente se dio cuenta que Molly se había movido y le estaba mirando el trasero. Subiéndoselos de golpe, giró y enfrentó a la fisgona con ojos entrecerrados y esta, pescada infraganti, se río con un risita malévola mientras se mordía la punta del pulgar. 

En ese momento Marg asomó su cabeza en la puerta y viendo la singular escena preguntó:”¿Todo bien allí?” a lo que la armera después de cerrar los ojos un par de segundos dijo:”si, todo bien”. Marg entonces de dijo que desnudara a Molly, que ni bien oyó la orden se acercó dando saltitos para ponerse frente a su tutora, con la sonrisa más llena de felicidad que uno se puede imaginar. La armera se la quedó viendo unos instantes, le arregló su roja cabellera y le preguntó si no le daba vergüenza que la desvistiera, Molly dijo que por supuesto, pero a pesar de esto ahora ya no importaba, ahora ella era su ama (mistress), ahora le pertenecía y podía ver y hacer con ella lo que quisiera. Mientras lo decía, a pesar de que era una descarada, el pudor pudo con ella y empezó a bajar la voz y a sonrojarse. La armera se dijo que cada segundo se iban enamorando más de esa mujer, “creo que ya la amo”, pensó.

Disfrutó desvistiéndola, desenvolviendo con cuidado ese regalo maravilloso. Admiró sus senos, grandes y firmes, con una aureola de café claro y el pezón pequeño, casi escondido. Admiró su vientre, deliciosamente combado, su profundo ombligo. Mientras se arrodillaba para desnudarla de cintura para abajo, pudo observar su vagina, clara y bien formada. No pudo en contenerse en tocarla, con el dorso de los dedos, delicadamente. Molly pegó un respingo y cuando la armera miró a verla, tenía la boca ligeramente abierta. La hizo girar, apareciendo ante su vista los dos orbes más rotundos y bellos imaginables. No pudo aguantar y dió un ligero beso a cada uno de ellos. Se puso de pie y tomándola de la mano, la introdujo al baño, done Marg esperaba con paciencia sentada al filo de una bañera.
Marg pareció ignorar el hecho que las dos mujeres que entraron estaban sonrojadas, con una ligera capa de sudor en su frente y sobre el labio superior. Empezó ha hablar sobre el baño, la necesidad de la higiene más absoluta para prevenir enfermedades, etc. Aunque consciente que hablaba como un folleto guía del instituto, procuró dar a su voz ese tono impersonal pues pronto tendría que tocar temas más delicados. Le explicó que la bañera era de bronce con un recubrimiento de esmalte para evitar que se enfríe demasiado y que los cuatro tapetes negros eran de caucho, pedazos de neumáticos donde la niña apoyaría manos y pies, pues la bañaban sobre sus cuatro miembros. Explicó que este era el modo más efectivo de baño, cual se bañara una yegua. De esa forma se tenía acceso a cualquier parte de su cuerpo y se le podía pedir en todo caso que se virara en caso de querer lavar mejor alguna.

Hizo recalque que para mayor efectividad se usaba una manguera, acortando el tiempo de enjuague evitando cualquier resfrío. Le advirtió que debía tener cuidado con la cara, que debía ser lavado con cuidado, que por ningún motivo debía permitir el contacto del chorro con los oídos ni en general con cualquier orificio del cuerpo de Molly, como el ano y la vagina. Estas, explicó con la mismo tono de voz impersonal, debían ser lavadas con cuidado y de ninguna forma el jabón debía entrar en el interior de ninguna. El pelo se debía mojar, pero no lavar con jabón, sino con un enjuague especial que se llamaba shampoo. La armera levantó las cejás mientras preguntaba:”¿francés, verdad?” a lo que Marg contestó que la palabra era de origen quechua, el idioma de los indígenas de la costa occidental suramericana. 

Explicó que era una mezcla de hierbas, que dejaba el pelo limpio, oloroso y con cuerpo, siendo producido en fábricas de New York. Luego le dijo que el ano y la vagina de Molly eran limpiados una vez cada tres meses, el primero con enemas y el segundo con duchas vaginales, pero ya que Molly “iba a tener actividades diferentes de ahora en adelante” quizá convendría pensar en aseos mensuales. Mientras Marg se explayaba explicando otros detalles, Molly había ya ocupado su posición en la bañera y miraba a la armera esperando. Esta al principio no parecía saber por donde empezar, pero después de suspirar se sentó en un pequeño banco ubicado al pie de la bañera y tomando la manquera conectada a la llave maniobró para que saliera el agua a una temperatura un poco más alta que el ambiente y empezó a bañar a su amor. 

Fue una tarea agradable, mientras pasaba un jabón verde (de lavanda) sobre el bello cuerpo, disfrutando el contacto con el mismo. Se entretuvo lavando, enjabonando y enjuagando pechos, piernas, espaldas, brazos y una maravillosa grupa, que se alzaba como invitándola a concentrar toda su atención allí, lo que ella hizo encantada. Molly, inusualmente callada, daba respingos y emitía pequeños chillidos cuando las manos de su dueña tocaban partes sensibles de su cuerpo, como el interior de sus muslos, donde tenía cosquillas, sus axilas, la parte posterior de su cuello y, donde empezó a chillar más alto, sus pies. Cuando la armera llegó a su entre pierna, se quedó callada, con la boca semiabierta, los ojos semicerrados sintiendo y disfrutando cada sensación que emitían esas manos y esos dedos que de ahora en adelante serían los amos de su cuerpo.

La armera se maravilló de ese pequeño orificio, del esfínter que lo rodeaba. Era más oscuro que el resto de la piel y  le recordaba a una estrella de mar de muchos brazos, igual a las que ella habiá visto en el acuario de Filadelfia. Le maravilló esa vagina, que se hinchó y brotó cuando la lavaba. Se guardó de hacer resbalar sus dedos entre los labios, eso lo reservaría para más tarde. Y para hacer lugar más su placer, dijo que por ser primera vez no lo había lavado bien del lado contrario, así que le pidió a Molly que se diera la vuelta, lo que hizo mientras la miraba sonriendo. Se volvió a repetir el preceso, disfrutando ella y Molly de nuevo. Luego, supervisada por Marg que procuraba estar parada siempre en un punto ciego para la armera evitando que su presencia la pusiera nerviosa, lavó con esa especie de exótico jabón líquido la flama que cubría la cabeza de su amada, enjuagándola después con ternura y lentitud. Al finalizar, la hizo sentarse en la tina, para limpiarle con cuidado la cara y con una pequeña esponja las orejas. 

Toda ansiedad había desaparecido, la actitud sumisa de Molly lo había hecho facil y no había que olvidar la ayuda de Marg, que con su actitud de “todo esto es absolutamente normal” habia lubricado una situación que hubiera resultado mucho más violenta de otra forma. Seguía explicando que una vez terminado el baño, la niña debía ser secada completamente con la toalla de cuerpo entero que estaba sobre la mesita y de allí, evitando que sus pies toquen el suelo, debía ser cargada a la cama, donde debía ser en cremada y perfumada. Le recordó que las mujeres sufrían de irritación entre los pliegues de los muslos y del pubis, que el perfume debe ir en muñecas y codos, debajo de los senos, detrás de las orejas y parte superior del pubis y parte baja de las nalgas. Le recordó que los domingos a las alumnas se les permitía almorzar vestidas con ropa casual, así que ella le señaló el armario a la derecha. “Debe vestirla ud. así que ud. escogerá la ropa” y dicho esto, salió discretamente. Por primera vez, Molly y la armera estaban a solas en un dormitorio.

La armera había cargado a Molly sin dificultad, a pesar de la solides de esta; aunque era delgada no había sido nunca débil ni le había asustado la actividad física. La colocó con cuidado sobre la cama mientras la acariciaba brazos y piernas con ternura. La muchacha había empezado a respirar con fuerza y nuevamente tenía un rostro afiebrado, el baño solo la había contenido momentáneamente. Entonces la armera no pudo más: tomó a Molly por los hombros e irguiéndola, la atrajo hacia si, empezándola a besar con toda la pasión que había contenido. Jaló y chupó los labios de Molly y por primera vez, practico introducir su lengua en la boca de otra persona. Lo hizo con suavidad, recordando la primera regla que había aceptado respetar: “lento, muy lento”-

Molly había escuchado a las muchachas hablar del beso francés así que tenia una idea de como funcionaba esto. En el Internado a pesar del estricto control que se tenía sobre las alumnas, estas interactuaban entre ellas en abundancia, pues las primeras en agotarse de tanto seguimiento eran las sinodales, por lo que era normal que en los dos recreos de 20 minutos que tenían además de la hora libre después del almuerzo, amén de los sábados de tarde y las reuniones de la noche del sábado, las sinodales se conformaran con no perder de vista a sus pupilas, mientras estas hacían y deshacían a su voluntad. Y el principal tema de conversación de las chicas era el sexo, las que ya tenían tutoras susurraban intimidades que eran repetidas por las que aún no las tenían. El beso francés y otros besos habían sido exhaustivamente tratados en esas reuniones.
 
Así que intentó responder a esto acariciando con la suya la lengua invasora. La sensación fue eléctrica, además que el intercambio de saliva, acto que en teoría resultaba desagradable, resultó ser sencillamente delicioso. Cuando ambos se separaron para respirar, hilillos de baba unían sus labios. Se limpiaro, riéndose como tontas. Entonces Molly obaservó como la armera, que la tenía con el brazo derecho sujeta por la espalda, acercabase dos dedos, indice y medio, a la boca y sin escupri, vertía una generosa cantidad de saliva sobre sus yemas. Acto seguido movió la mano hacia abajo: Molly sabía perfectamente a donde se dirigía. Abrió instintivamente las piernas, dando facilidad a la mano intrusa, para luego de un momento sentir que esos dedos cual ariete abrian sus labios mayores buscando esa parte de su cuerpo que hasta ese entonces lo único que había hecho era esperar. Sintió una descarga de energía que la consumía cuando su clítoris empezó a ser acariciado por los lubricados falos. 

Para la armera este acto fue la segunda audacia que realizaba en ese momento, su quinta o sexta primera vez en menos de una hora. Alguna vez, una de las primeras mujeres que contrató para que la masturben le pidió que se sacara los calzones, pues en un principio solo se dejaba acariciar encima de estos, para hacer el trabajo más fácil. Fue a ella quien vio hacer la operación de mojarse los dedos con saliva, que aunque en un principio le provocó rechazo, recordó que su padre siempre le decía que la saliva era una de las cosas más limpias del hombre y le enseñó a chuparse las heridas. En esa ocasión descubrió que era más comodo ser acariciada así, así que ese  refinamiento erótico, uno de los pocos que conocía junto al beso con lengua, fue una de las pocas cosas que pudo aportar a ese memorable encuentro. 

Lento, todo lento, se repetía la armera mientras acariciaba a su amor. Molly se movía, buscando y huyendo de la mano torturadora. Cuando se atrevió a ver a su dueña a los ojos, lo que vio la conmovió profundametne, una mirada que no había visto antes o quizá si la había visto, pero no en forma tan intensa. “Me ama, esta mujer me ama”, se dio cuenta al verla, entonces, demasiado excitada por la presencia constante de su amante, por la presencia de la otra mujer que era su edipo,
por los tocamientos de una y los comentarios de la otra, excitada en fin por ser tratada como un objeto sensual y un bello sujeto, tuvo el primer orgasmo profundo de su vida.